Autor: Gabii
Fecha de publicacion: Lunes 29 de septiembre del 2025
El lago de Valle de Bravo ha sido, durante décadas, un punto de referencia para diversas actividades económicas, entre ellas la curtiduría.
El oficio de curtir pieles en el Estado de México tiene antecedentes que se remontan al periodo virreinal, cuando comenzaron a establecerse talleres artesanales en distintos puntos del centro del país. En Valle de Bravo y sus alrededores, las condiciones geográficas y el acceso a recursos naturales como agua y madera propiciaron el desarrollo de esta actividad. Durante gran parte del siglo XX, comunidades cercanas al lago, como San Gaspar del Lago y San Antonio de la Laguna, contaron con pequeños talleres familiares dedicados al proceso de curtir pieles de res, borrego y cerdo.
La proximidad del lago facilitaba tanto el acceso al agua como la disposición de residuos, aunque con el tiempo esto generó conflictos relacionados con el impacto ambiental. Sin embargo, antes de que surgiera una mayor conciencia ecológica, el trabajo de los curtidores era considerado una ocupación respetable, transmitida de generación en generación.
El método tradicional de curtiduría en Valle de Bravo consistía en varias etapas que requerían habilidad, paciencia y conocimiento técnico. Primero se obtenían las pieles frescas, que eran lavadas y posteriormente sumergidas en cal para eliminar el pelo. Después, se realizaba el curtido propiamente dicho, utilizando agentes vegetales o químicos, según los recursos disponibles y la tradición del taller. Finalmente, las pieles eran secadas, suavizadas y preparadas para su venta o transformación en productos terminados.
El trabajo era realizado en espacios reducidos, muchas veces en patios o traspatios adaptados. Participaban tanto hombres como mujeres, y era común que los hijos aprendieran el oficio desde temprana edad. El conocimiento se transmitía oralmente, lo que permitió mantener ciertas técnicas locales que diferían de las empleadas en otras regiones.
Durante décadas, la curtiduría fue una fuente de ingresos para numerosas familias en las comunidades ribereñas de Valle de Bravo. Los productos elaborados con cuero curtido localmente abastecían mercados regionales y, en algunos casos, llegaban a ferias y tianguis más allá del Estado de México. Además, el oficio generaba una red económica complementaria que incluía a proveedores de materia prima, intermediarios y vendedores de artículos de cuero, como cinturones, zapatos, huaraches y fundas para machete.
El oficio también tuvo un impacto cultural, al formar parte de la identidad local. Algunas festividades tradicionales incluían danzas o actividades donde se utilizaban vestimentas de cuero, y ciertos apellidos o apodos en las comunidades hacen referencia a este antiguo trabajo. A pesar de la disminución del número de curtidores activos, el recuerdo de este oficio sigue presente en la memoria colectiva.
Con la modernización de procesos industriales y la creciente preocupación ambiental, muchas curtidurías artesanales en Valle de Bravo cerraron sus puertas a finales del siglo XX. Algunas familias optaron por migrar a otras actividades económicas, mientras que otras buscaron modernizar sus procesos para reducir el impacto ambiental y cumplir con nuevas normativas.
En años recientes, ha habido un interés creciente por rescatar el patrimonio artesanal de la región. En algunos casos, se han documentado las técnicas tradicionales de curtiduría mediante proyectos comunitarios o esfuerzos de investigación académica. Asimismo, algunos talleres familiares han diversificado su producción artesanal, enfocándose en artículos de cuero hechos a mano para mercados especializados.
Aunque el número de curtidores activos en la región ha disminuido, el legado del oficio aún forma parte del atractivo cultural de Valle de Bravo. Visitantes interesados en las tradiciones productivas del Estado de México pueden encontrar vestigios de esta actividad en mercados locales, museos comunitarios y talleres de artesanía que conservan elementos decorativos o herramientas relacionadas con la curtiduría.
Además, en comunidades como Santa María Pipioltepec o La Peña, aún existen personas mayores que conservan historias y conocimientos sobre el proceso tradicional. Estos testimonios ofrecen una perspectiva valiosa para quienes buscan comprender la relación entre el entorno natural del lago y las actividades productivas que moldearon el desarrollo de sus comunidades.
La curtiduría en las comunidades alrededor del lago de Valle de Bravo representa un capítulo significativo en la historia económica y cultural del Estado de México. Aunque el oficio ha perdido fuerza frente a los cambios tecnológicos y ambientales, su legado sigue vivo en la identidad de las personas que habitan la región. Conocer el trabajo de los curtidores permite apreciar cómo las prácticas productivas tradicionales se integraron al paisaje y a la vida cotidiana de este importante destino turístico.